Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a “pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París”, adonde debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano”; después, “en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecho, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cecinas arrojadas al viento”.
Así es como Michel Foucault inicia su libro Vigilar y castigar, todo un clásico. Hubo un tiempo en el que el castigo era un espectáculo público, para ir progresivamente siendo relegado a la intimidad. De hecho hay motivos de sobra como para avergonzarse de lo que se hace.
De vez en cuando nos encontramos ante hechos que nos hacen pensar sobre nuestro etnocentrismo. Según la información que nos ofrece la prensa, en Corea del Norte han realizado una ejecución pública a la que han asistido 150.000 personas. Ha sido necesario habilitar un estadio deportivo para dar cabida a tanta gente, muriendo a la salida seis personas más al producirse una avalancha humana.
Así que hoy, en el siglo XXI, estos acontecimientos siguen teniendo lugar y, parece que para muchos, siguen teniendo sentido. Actos como la Declaración de los Derechos Humanos, evidentemente, tienen su utilidad. De entrada, se establece una meta a alcanzar, un ideal a conseguir, y sirven para poder ejercer una denuncia expresa.
Para cumplir unos objetivos parece necesario conocer primeros cuales son. Del mismo modo, esos objetivos se alcanzan si son compartidos por todos, y no son utilizados como imposición o herramienta de coacción. ¿Es necesaria una reformulación de contenido y/o forma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Desde aquel diciembre de 1948 quizá hayamos aprendido suficiente como para realizar mejoras o, quien sabe, crear una nueva declaración para el nuevo siglo. Aunque puede que de nuevo el etnocentrismo nos aboque a su instrumentalización y falta de aplicación.
Todas estas dudas al menos sirven para poner en relieve la importancia del conocimiento en esta tarea, incluido tanto el propio como el ajeno. Eso va mucho más allá de los derechos: es la génesis de las ideas. En la creación de una nueva Declaración de Derechos Humanos serían útiles muchos más profesionales de los que se suelen tener en cuenta.